La Costurera

Doña Felisa nos dejó a los 92 años de edad, rodeada de su familia, después de toda una vida de dedicación a los demás y de puro trabajo, dejando un vacío imposible de llenar y un recuerdo permanente en los suyos, no es para menos, pues su bondad, generosidad y servicialidad hicieron más fácil la vida de toda aquella persona que estuviese a su alrededor.

Nació en el seno de una familia humilde, la pequeña de varias hermanas y muy pronto conoció lo que era el trabajo, pues ya con 13 años trabajaba en una pequeña fábrica de la zona, dedicando su jornal a ayudar a su familia.


Como muchas otras en la época se casó joven y su marido tuvo que partir al otro lado del charco, en busca de un futuro mejor, dejando atrás a su familia. Durante este tiempo, Felisa tuvo que compaginar la crianza de sus hijos con sus labores como costurera y lavandera, para que a los suyos no les faltase de nada, algo que le dejo huellas permanentes en su cuerpo, unas manos llenas de artritis y una espalda encorvada, de laburar sin descanso en su querida máquina de coser a pedal, mientras escuchaba por la radio sus novelas favoritas después de comer y posteriormente con el paso de los años en la televisión.


Crio a sus hijos con todo el amor del mundo, consiguió construir su casita, sacar adelante a su familia y posteriormente incluso crio a algún nieto que disfrutaba escuchando las vivencias de su abuela y ella también encontró en él la compañía y la escucha que necesitan todos nuestros mayores.


Le contó como tuvo que aprender a leer y escribir en una concha de la playa, con una tiza, teniendo que borrar después de escribir cada palabra para poder continuar con la siguiente, algo que le enseñó una niña de su barrio que pudo ir al colegio, suerte que ella no tuvo… Cuando el niño le decía que no tenía ganas de ir a clase, ella le contaba como cuando era pequeña lloraba desconsoladamente porque quería ir a la escuela a aprender y sus padres no se lo permitían, pues tenía que quedarse en la casa a cargo de los pequeños de la familia y le decía lo orgullosa que estaba de que él estuviese formándose, le relataba a su nieto como eran aquellos tiempos de la posguerra donde «nos daban un papelito que ponía la comida que podíamos coger ese mes, un saquito de harina, un par de huevos y aceite», o el esfuerzo que tuvo que hacer su abuelo para cruzar el charco en unas condiciones infrahumanas y la determinación que tuvo a su vuelta para sorribar su finca y que la familia tuviese de donde vivir a partir de ahí.


La isla de La Palma no fue un vergel de prosperidad hasta el año pasado por inspiración divina, nada de lo que tenemos aquí ha venido regalado, ha sido el esfuerzo de muchas Felisas, Claras, Angustias, Robertos, Onesimos, Ernestos… que dejaron su vida, esfuerzo, salud y sacrificio tanto en la isla ya fuese sorribando, abancalando, cosiendo, deshijando… como fuera de ella para que las generaciones que hemos venido detrás podamos disfrutar de una serie de privilegios que ellos y ellas no tuvieron, porque sí, son privilegios, aunque hayamos normalizado su existencia en nuestra vida diaria.


Es por eso, por este legado que nos han dejado que no debemos, sino tenemos que defenderlo, no podemos dejar que la isla navegue a la deriva en manos de pequeños grupos que viven pergeñando la manera de enriquecerse a costa de los demás, de los que estamos y de los que han estado, también con la reconstrucción derivando las acciones de la administración a fines dudosos o totalmente carentes de interés público.


Es una deuda con los que ya no están y extrañamos incesantemente y una obligación que tenemos con los que vendrán y no lo podemos olvidar, nunca. A mi querida Felisa.

COMPAY III

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