

Una reflexión sobre Santa Cruz de La Palma, el urbanismo insular y los muros invisibles que seguimos construyendo en esta isla.
Por Jonatan Rodríguez
Santa Cruz de La Palma vive, cada cinco años, uno de los momentos más mágicos de su historia: las Fiestas Lustrales. La Bajada de la Virgen convierte la ciudad en un hervidero de emoción, tradición y orgullo colectivo. Pero también en un caos. Porque con cada edición se repite el mismo problema: calles colápsalas, accesos cerrados, tráfico imposible y cómo no la ya endémica falta de aparcamientos.
Lo curioso es que no estamos hablando de un problema nuevo, ni de una ciudad sin suelo. Frente al núcleo urbano, y ocupando un espacio estratégico de altísimo valor, se encuentra una playa artificial que, con toda franqueza, ni es imprescindible, ni está siendo utilizada como se proyectó.
La realidad es tozuda: la mayoría de los palmeros, por costumbre o simplemente por preferencia, eligen otros puntos de baño en la isla. Sumemos a eso el clima inestable, las corrientes de aire, el oleaje, la escasez de horas de sol (comparado con la zona oeste) y entenderemos por qué la imagen más habitual es la de una playa medio vacía… mientras el centro se desborda sin una mínima infraestructura que lo sostenga. Y si a todo eso le añadimos que, a la entrada de Santa Cruz, ya existe otra playa, y que a solo cinco minutos hay dos más dentro del núcleo turístico aunque en municipios distintos, aquí surge el quid de la cuestión.
Entonces uno se hace una pregunta sencilla:
¿En qué cabeza cabía que lo que más necesitaba Santa Cruz era una playa urbana?
¿Y si, en vez de una playa, hubiéramos tenido la valentía de diseñar un espacio que realmente respondiera a las necesidades de la ciudad —por no decir, de toda la isla? ¿Disparate? Acaso hemos olvidado aquellos aparcamientos que estaban allí, que muchas veces servían de espacio para eventos, y que hoy tanto echamos en falta.
Pienso que una gran plaza pública habría sido una opción mucho más útil. Multifuncional. Viva. Con zonas verdes, sombra, fuentes, bancos, esculturas, una fuente que recordara la antigua entrada de la ciudad, un museo sobre la Bajada de la Virgen, arte al aire libre, espacios para ferias o mercados… Y lo más importante: aparcamientos. Sí, aparcamientos. Porque la ciudad los necesita a diario, no solo en fiestas. Y sí, se puede hacer: subterráneos, en varios niveles o a pie de calle, si la ingeniería lo permite, claro. Y también, por qué no, con una pequeña playa natural, pero proporcional, sostenible, acorde al espacio y a la demanda.
Un espacio con alma y con estrategia. Un punto de encuentro, de convivencia y dinamización económica. Una Plaza del Enano, por llamarla de alguna manera, en honor a ese símbolo cultural que une a toda la isla. Sí, a toda la isla, no solo a Santa Cruz de La Palma.
Pero todo esto nunca se valoró (o quizás sí, y se desestimó). Porque aquí no se piensa a largo plazo. Aquí lo que importa es inaugurar antes de las elecciones. Aquí no se hace política con visión, sino con egos. Con esa obsesión constante del “y yo más que tú”, como si esta pequeña isla fuera un continente con 14 países en su interior, cada uno con sus leyes y costumbres. Pero no: esto es una isla diminuta en mitad del Atlántico. Hay que dejar de mirarse el ombligo local. Porque el verdadero problema no es solo urbanístico. Es, sobre todo, político.
La Palma lleva décadas dividida por rivalidades absurdas entre municipios vecinos. Aquí el debate rara vez es “¿qué necesita la isla?”, sino “¿por qué tú sí y yo no?”. Cada ayuntamiento actúa como un reino independiente, priorizando intereses locales por encima del bien común. El resultado: duplicidades, falta de planificación y proyectos que no conectan entre sí. Por no hablar de las diferencias clasistas que se cuelan incluso entre vecinos.
Mientras tanto, islas como Lanzarote por poner un ejemplo han entendido que el verdadero progreso nace de la colaboración. Allí se planifica pensando en el conjunto, se priorizan infraestructuras estratégicas y se construye una identidad insular sólida.
La Palma necesita más visión compartida y menos egoísmo territorial. Solo así podrá avanzar.
Tú tienes una playa, yo también quiero una.
Tú quieres un campo de golf, yo lo haré más grande.
Tú haces una fiesta, yo me invento otra… y la pongo el mismo día.
Lo irónico es que tenemos una isla de apenas 800 km² , que podría funcionar de manera increíble si cada pueblo se especializara y se conectara con el resto. Porque lo bonito de La Palma es precisamente su diversidad. Hay municipios con vocación agrícola, otros turísticos, otros culturales o industriales.
No todos tienen que tener de todo.
Pero la mentalidad insular sigue siendo cortoplacista, egoísta y desconectada de la realidad social y económica. Santa Cruz de La Palma, como capital o eso dice su eslogan: “Somos capital”, debería ser el corazón estratégico de esta visión insular. Un centro cultural, administrativo y logístico. Pero no podrá serlo si seguimos pensando en el egoísmo y los votos No podrá serlo si cada decisión se toma no en base a la utilidad pública, sino al rédito electoral.
Y así llegamos al resultado actual:
una playa vacía, una ciudad saturada, un centro colapsado y un sinfín de oportunidades perdidas.Resumiendo: quizás aún estamos a tiempo de corregir, de planificar con coherencia, de dejar de construir por capricho o por competencia mal entendida. Pero para eso necesitamos una política valiente, una sociedad crítica y una ciudadanía que empiece a exigir visión y no improvisación. Y, en la medida de lo posible, que las obras no tarden siglo y medio en terminarse.
Porque esta isla es demasiado pequeña para tanto ego, y demasiado grande para seguir pensando en pequeño. No se trata de estar en contra de una playa, sino de a favor de una ciudad que funcione, de una isla que piense en común.”




